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I

cara y a los ojos. No podía respirar.

—Y en la habitación no ha habido nadie más que el teniente y ustedes. Tiene que estar por aquí en alguna parte —dijo Lavrushka.

—¡Y bien, títere del diablo, abre bien los ojos y búscala! —gritó Denísov de pronto, poniéndose morado y abalanzándose sobre el hombre con un gesto amenazador—. Si no se encuentra la bolsa, os azotaré, os azotaré a todos.

Rostóv, esquivando la mirada de Denísov, comenzó a abotonarse el chaquetón, se abrochó el sable y se puso la gorra.

—¡Te digo que tengo que tener ese monedero! —gritó Denísov, sacudiendo a su ordenanza por los hombros y empujándolo contra la pared.

—Denísov, déjalo en paz, sé quién lo ha cogido —dijo Rostóv, dirigiéndose hacia la puerta sin levantar los ojos. Denísov se detuvo,

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