que el brazo poderoso quedaba paralizado, sino que todos los generales y soldados de su ejército, hubieran o no tomado participación en la batalla, tras toda su experiencia en combates anteriores —en los que después de un diez por ciento de tales esfuerzos el enemigo había huido— experimentaron un sentimiento similar de terror ante un enemigo que, tras perder la mitad de sus hombres, se mantenía tan amenazante al final como al principio de la batalla. La fuerza moral del ejército francés atacante estaba agotada. No esa clase de victoria que se define por la captura de trozos de materia unidos a palos, llamados banderas, y del terreno en que las tropas habían estado y estaban, sino una victoria moral que convence al enemigo de la superioridad moral de su adversario y de su propia impotencia fue la obtenida por los rusos en Borodinó. Los invasores franceses, como un animal enfurecido que en su acometida ha recibido una herida mortal, sentían que perecían, pero no podían detenerse, del mismo modo que el ejército ruso, disminuido a la mitad, no podía dejar de retroceder. Por el impulso adquirido, el ejército francés aún era capaz de avanzar rodando hacia Moscú, pero allí, sin más esfuerzo por parte de los rusos, tenía que perecer, desangrándose de la herida mortal que había recibido en Borodinó. La consecuencia directa de la batalla de Borodinó fue la insensata huida de Napoleón desde Moscú, su retirada por el viejo camino de Smolensko, la destrucción del ejército invasor de quinientos mil hombres y la caída de la Francia napoleónica, sobre la cual en Borodinó, por primera vez, se había posado la mano de un adversario de espíritu más fuerte.
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I. 1812
1843