Los caballos se hundirían. Debemos dar un rodeo más hacia la izquierda...”.
Mientras hablaban en voz baja, se oyó el estampido de un disparo en la hondonada junto al estanque, apareció una nubecilla de humo blanco, luego otra, y desde la pendiente subió un vocerío de cientos de voces francesas que parecían jubilosas, gritando al unísono.
Por un momento, Denísov y el esaul se retiraron. Estaban tan cerca que pensaron que ellos eran la causa de los disparos y los gritos. Pero las detonaciones y las voces no tenían nada que ver con ellos.
Allá abajo, un hombre que llevaba algo rojo corría por el pantano. Los franceses, evidentemente, le disparaban y le gritaban a él.
—Vaya, si es nuestro Tíjon —dijo el esaul.
“¡Así es! ¡Así es!”
—¡El maldito bribón! —dijo Denísov.
—¡Se les va a escapar!