aún más en su carrera diplomática. Todavía era un hombre joven, pero ya no era un joven diplomático, pues había entrado en el servicio a los dieciséis años, había estado en París y Copenhague, y ahora ocupaba un puesto bastante importante en Viena. Tanto el ministro de Asuntos Exteriores como nuestro embajador en Viena lo conocían y lo valoraban. No era uno de esos muchos diplomáticos a los que se estima porque poseen ciertas cualidades negativas, evitan hacer ciertas cosas y hablan francés. Era de aquellos a quienes, gustándoles el trabajo, sabían cómo hacerlo y, a pesar de su indolencia, a veces se pasaban la noche entera ante la mesa de despacho. Trabajaba bien cualquiera que fuese la importancia de su tarea. No era la cuestión «¿Para qué?», sino la cuestión «¿Cómo?» lo que le interesaba. Poco le importaba cuál pudiera ser el asunto diplomático, pero le producía un gran placer redactar una circular, un memorando o un informe con habilidad, agudeza y elegancia. Los servicios de Bilíbin no solo se valoraban por lo que escribía, sino también por su destreza para tratar y conversar con las altas esferas.
A Bilíbin le gustaba la conversación, al igual que el trabajo, solo cuando podía resultar elegantemente ingeniosa. En sociedad siempre aguardaba la oportunidad de decir algo llamativo y solo participaba en la conversación cuando eso era posible. Su conversación estaba siempre salpicada de frases ingeniosamente originales, pulidas y de interés general. Esos dichos se preparaban en el laboratorio interior de su mente en un formato portátil, como a propósito, para que la gente insignificante de la alta sociedad pudiera