del brazo de una dama, evidentemente sin reconocerlas. El apuesto Anatoli le hablaba sonriente a una pareja que llevaba del brazo y miraba a Natasha como se mira a una pared. Boris pasó junto a ellas dos veces y ambas se apartó. Berg y su mujer, que no bailaban, se acercaron a ellas.
Aquella reunión familiar le pareció humillante a Natasha, como si la familia no tuviera otro lugar donde hablar que no fuera allí, en el baile. No escuchaba ni miraba a Vera, que le contaba algo acerca de su propio vestido verde.
Al fin el Emperador se detuvo junto a su última pareja (había bailado con tres) y la música cesó. Un edecán preocupado corrió hacia los Rostóv pidiéndoles que se hicieran más atrás, aunque ya estaban bastante cerca de la pared, y desde la galería resonaron los compases claros, precisos y de un ritmo tentador de un vals. El Emperador miró sonriente a lo largo de la sala. Pasó un minuto pero nadie había empezado a bailar aún. Un edecán, el maestro de ceremonias, se acercó a la condesa Bezúkhova y le pidió que bailara. Ella, sonriente, levantó la mano y la puso sobre su hombro sin mirarlo. El edecán, experto en su arte, sujetando firmemente a su pareja por la cintura, con segura deliberación comenzó con suavidad, deslizándose primero por el borde del círculo, y luego, en la esquina de la sala, tomó la mano izquierda de Elèn y la hizo girar; el único sonido audible, aparte de la música cada vez más acelerada, era el chasquido rítmico de las espuelas sobre sus pies rápidos y ágiles, mientras que en cada tercer tiempo el vestido de terciopelo de su