que su catarro fue la causa de que sus disposiciones no estuvieran tan bien planificadas como en ocasiones anteriores, y de que sus órdenes durante la batalla no fueran tan buenas como antes, carece por completo de fundamento, lo que demuestra una vez más que el catarro de Napoleón el veintiséis de agosto carecía de importancia.
Las disposiciones citadas más arriba no son en absoluto peores, sino incluso mejores que las disposiciones anteriores con las que había obtenido victorias.
Sus seudoórdenes durante la batalla tampoco fueron peores que antes, sino muy similares a las de costumbre.
Estas disposiciones y órdenes solo parecen peores que las anteriores porque la batalla de Borodinó fue la primera que Napoleón no ganó.
Las disposiciones y órdenes más profundas y excelentes parecen muy malas, y cualquier crítico militar erudito las critica con aire de importancia, cuando se refieren a una batalla que se ha perdido; y las peores disposiciones y órdenes parecen muy buenas, y personas serias llenan volúmenes enteros para demostrar sus méritos, cuando se refieren a una batalla que se ha ganado.
Las disposiciones trazadas por Weyrother para la batalla de Austerlitz eran un modelo de perfección para ese tipo de composición, pero aun así fueron criticadas; criticadas por su misma perfección, por su excesiva minuciosidad.
Napoleón en la batalla de Borodinó cumplió su función como representante de la autoridad tan bien, e incluso mejor, que en otras batallas. No hizo nada perjudicial para el curso de la batalla; se inclinó por las opiniones más sensatas, no sembró la confusión, no se contradijo, no se asustó ni huyó del campo de batalla, sino que, con su gran tacto y experiencia militar, desempeñó su papel