el Emperador, cansado de una expectativa inútil, sugiriéndole su instinto de actor que el momento sublime, por haberse prolongado demasiado, empezaba a perder su sublimidad, dio una señal con la mano. Siguió un único estampido de un cañón de señales, y las tropas, que ya estaban desplegadas a diferentes lados de Moscú, entraron en la ciudad por las puertas de Tver, Kaluga y Dorogomílov. Más y más rápido, compitiendo entre sí, avanzaban a paso ligero o al trote, desvaneciéndose entre las nubes de polvo que levantaban y haciendo resonar el aire con un estruendo ensordecedor de gritos entremezclados.
Impulsado por el movimiento de sus tropas, Napoleón avanzó con ellas hasta la puerta de Dorogomílov, pero allí volvió a detenerse y, apeándose del caballo, paseó durante mucho tiempo junto al terraplén del Kámmer-Kollézski, aguardando a la diputación.
XX
Mientras tanto, Moscú