tiempos tranquilos y apacibles, a todo administrador le parece que es únicamente gracias a sus esfuerzos como se mantiene en marcha a toda la población bajo su mando, y en esta conciencia de ser indispensable halla cada administrador la principal recompensa de su labor y sus fatigas. Mientras el mar de la historia permanece en calma, el gobernante-administrador en su frágil barquilla, aferrado con un bichero al navío del pueblo y moviéndose él mismo, se imagina naturalmente que sus esfuerzos mueven el barco al que está sujeto. Pero tan pronto como se levanta una tempestad, el mar comienza a agitarse y el barco a avanzar, semejante ilusión deja de ser posible. El barco se mueve de manera independiente con su propio e inmenso impulso, el bichero ya no alcanza a la embarcación en movimiento y de repente el administrador, en
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I. Continuidad absoluta del movimiento
1994