ojos lo miraban desde todos lados esperando una palabra suya.
Se detuvo frente al regimiento de Preobrazhénsk, suspiró profundamente y cerró los ojos.
Uno de los miembros de su séquito hizo señas a los soldados que llevaban los estandartes para que avanzaran y rodearan con ellos al comandante en jefe. Kutúzov guardó silencio unos segundos y luego, cediendo con evidente reticencia al deber que su cargo le imponía, levantó la cabeza y comenzó a hablar.
Una multitud de oficiales lo rodeaba. Miró atentamente en derredor al círculo de oficiales y reconoció a varios de ellos.
“¡Os doy las gracias a todos!”, dijo, dirigiéndose a los soldados y luego de nuevo a los oficiales. En el silencio que le rodeaba, sus palabras, pronunciadas lentamente, se oían con total claridad. “Os doy las gracias a todos por vuestro duro y fiel servicio. ¡La victoria es