el horizonte mismo, nuestros cañones eran visibles a través del aire maravillosamente claro, iluminados intensamente por los oblicuos rayos del sol matutino. Al frente, más allá de un valle hondo, podían verse las columnas y los cañones del enemigo. Nuestra línea avanzada, ya en combate, se hacía oír intercambiando disparos con presteza con el enemigo en el valle.
Al oír estos sonidos, largo tiempo olvidados, el ánimo de Rostóv se encendió como al compás de la música más alegre.
- ¡Trap-ta-ta-tap!, restallaban los disparos, ya juntos, ya varios seguidos rápidamente uno tras otro.
- De nuevo todo quedó en silencio y luego volvió a sonar como si alguien caminara sobre estopines haciéndolos estallar.
Los húsares permanecieron en el mismo lugar durante aproximadamente una hora. Comenzó un cañoneo. El conde Ostermann, con su séquito, llegó al galope por detrás del escuadrón, se detuvo, habló con el comandante del regimiento