apartado con gran esfuerzo hacia la izquierda de aquel torrente de hombres, Kutúzov, con su séquito reducido a más de la mitad, cabalgó hacia el ruido de un fuego de artillería cercano. Habiéndose abierto paso fuera de la muchedumbre de fugitivos, el príncipe Andréi, procurando mantenerse cerca de Kutúzov, vio en la pendiente de la colina, en medio del humo, una batería rusa que aún disparaba y a unos franceses corriendo hacia ella. Más arriba se encontraba cierta infantería rusa, que ni avanzaba para proteger la batería ni retrocedía con la multitud en huida. Un general montado se separó de la infantería y se acercó a Kutúzov. Del séquito de Kutúzov solo quedaban cuatro. Estaban todos pálidos y se miraban en silencio.
—¡Detened a esos miserables! —exclamó jadeando Kutúzov al comandante de regimiento, señalando a los soldados en huida; pero