y falta de sentido. Ahora, sin embargo, había aprendido a ver lo grande, eterno e infinito en todo, y por ello —para verlo y disfrutar de su contemplación—, de manera natural, tiraba el telescopio a través del cual hasta entonces había mirado por encima de las cabezas de los hombres, y contemplaba con alegría la vida circundante, siempre cambiante, eternamente grande, inescrutable e infinita. Y cuanto más de cerca miraba, más tranquilo y feliz se sentía. Aquella terrible pregunta, «¿Para qué?», que antiguamente había destruido todos sus edificios mentales, ya no existía para él. Para esa pregunta, «¿Para qué?», una respuesta simple acudía ahora siempre a su alma: «Porque hay un Dios, ese Dios sin cuya voluntad no cae un solo cabello de la cabeza del hombre».
XIII
En lo exterior, Pierre apenas había cambiado. En su aspecto era exactamente el mismo de antes. Como antes, era distraído y parecía ocupado no en lo que tenía ante los ojos, sino en algo particular suyo. La diferencia entre su antiguo y su presente "yo" era que antes, cuando no comprendía lo que tenía delante o lo que se le decía, fruncía la frente con dolor como si buscara en vano distinguir algo a lo lejos. Ahora seguía olvidando lo que se le decía y seguía sin ver lo que tenía ante los ojos, pero ahora miraba con una sonrisa apenas perceptible y al parecer irónica lo que tenía delante y escuchaba lo que se le decía, aunque evidentemente veía y oía algo muy distinto. Antes parecía un hombre bondadoso pero infeliz, por lo que la gente tendía a evitarlo. Ahora una sonrisa ante la alegría de la vida jugueteaba siempre en sus labios, y la simpatía hacia los