una sonrisa agazapada en las comisuras de los labios, se volvió con su copa hacia Bezújov.
—¡Por la salud de las bellas mujeres, Pétrusha... y la de sus amantes! —añadió.
Pierre, con los ojos bajados, bebió de su vaso sin mirar a Dólokhov ni responderle. El lacayo, que estaba repartiendo hojas con la cantata de Kutúzov, le dejó una a Pierre por ser uno de los invitados principales. Estaba a punto de tomarla cuando Dólokhov, inclinándose por encima de la mesa, se la arrebató de la mano y se puso a leerla.
Pierre miró a Dólokhov y bajó los ojos; algo terrible y monstruoso que lo había atormentado durante toda la cena se levantó y se adueñó de él. Inclinó todo su cuerpo macizo sobre la mesa.
—¿Cómo te atreves a tomarlo? —gritó él.
Al oír