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nydus/War and PeacePublic
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Parte III

la música. El anfitrión le siguió con María Antónovna Narýshkina; luego vinieron los embajadores, ministros y varios generales, a quienes Perónskaya nombraba con diligencia. Más de la mitad de las señoras ya tenían pareja y ocupaban, o se disponían a ocupar, sus puestos para la polonesa. Natasha sintió que se quedaría con su madre y Sonia entre una minoría de mujeres amontonadas junto a la pared, sin haber sido invitadas a bailar. Estaba de pie, con los esbeltos brazos caídos, el pecho apenas esbozado subiendo y bajando con regularidad, y con la respiración contenida y los ojos brillantes y asustados, miraba fijamente al frente, visiblemente preparada para la cumbre de la dicha o de la desgracia. No le preocupaba el emperador ni ninguna de aquellas personas importantes que Perónskaya señalaba; solo tenía un pensamiento: «¿Es posible que nadie me saque a bailar, que no esté entre las primeras? ¿Es posible que ninguno de todos estos hombres se fije en mí? ¡Ni siquiera parece que me viesen, o si me miran ponen cara de decir: "Ah, esta no es la que busco, así que no vale la pena mirarla"! No, es imposible», pensó. «Tienen que saber cuánto deseo bailar, qué maravillosamente bailo y cuánto disfrutarían bailando conmigo».

Los acordes de la polonesa, que ya llevaban un buen rato sonando, empezaron a sonar como un triste recuerdo en los oídos de Natasha. Tenía ganas de llorar. Perónskaya se había alejado de ellos. El conde estaba al otro extremo del salón. Ella, la condesa y Sonia se encontraban solas, como en lo profundo de un bosque en medio de aquella multitud de extraños, sin que nadie se interesara por ellas ni las necesitara. El príncipe Andréi pasó

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