muertos y heridos que habían quedado en el campo.
—¡Valientes hombres! —comentó Napoleón, mirando a un granadero ruso muerto que, con el rostro enterrado en el suelo y la nuca ennegrecida, yacía boca abajo con un brazo ya rígido extendido a lo largo.
—La munición de las piezas que están en posición se ha agotado, Majestad —dijo un ayudante que había acudido desde las baterías que disparaban contra Augesd.
—Que traigan de la reserva —dijo Napoleón, y habiendo dado unos pasos más, se detuvo ante el príncipe Andréi, que yacía boca arriba con el asta de la bandera que había caído a su lado. (La bandera ya había sido tomada por los franceses como trofeo).
—¡Esa es una bella muerte! —dijo Napoleón mientras contemplaba a Bolkónski.
El príncipe Andréy comprendía que aquello se decía de él y que era Napoleón quien lo decía. Oyó cómo se dirigían al interlocutor llamándolo Sire. Pero oyó aquellas palabras como si hubiera oído el zumbido de una mosca. No solo no le interesaban, sino que ni siquiera les prestó atención y las olvidó al instante. Le ardía la cabeza, sentía que se desangraba y veía por encima de él el cielo lejano, alto y eterno. Sabía que era Napoleón —su héroe—, pero en aquel momento Napoleón le parecía una criatura tan pequeña e insignificante en comparación con lo que estaba pasando ahora entre él y aquel cielo alto e infinito por el que corrían las nubes. En aquel instante le daba igual quién estuviera de pie junto a él o qué se dijera de su persona; solo se alegraba de que hubiera gente cerca y solo deseaba que lo ayudaran y lo devolvieran a la vida,