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nydus/War and PeacePublic
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1812–13

efecto físicamente agitador en el viejo general. Cuidadosa y apresuradamente se palpó por todas partes, se colocó bien el sombrero, y enderezándose se estiró y, en el preciso instante en que el emperador, habiendo bajado del trineo, levantaba los ojos hacia él, le entregó el parte y comenzó a hablar con su voz suave y empalagosa.

El Emperador, con una rápida mirada, recorrió a Kutúzov de pies a cabeza, frunció el ceño un instante, pero dominándose de inmediato se acercó al viejo, le tendió los brazos y lo abrazó. Y este abrazo también, debido a una arraigada impresión relacionada con sus sentimientos más íntimos, produjo en Kutúzov su efecto habitual y este sollozó.

El Emperador saludó a los oficiales y a la guardia de Semiónov y, volviéndole a apretar la mano al anciano, entró con él en el castillo.

A solas con el mariscal de campo, el Emperador expresó su descontento por la lentitud de la persecución y por los errores cometidos en Krasnoie y en el Berézina, y le comunicó sus intenciones para una futura campaña en el extranjero.

Kutúzov no replicó ni hizo comentario alguno. La misma expresión sumisa y carente de brillo con la que había escuchado las órdenes del Emperador en el campo de Austerlitz siete años atrás se instaló ahora en su rostro.

Cuando Kutúzov salió del estudio y, con la cabeza gacha, cruzaba el salón de baile con su pesado andar bamboleante, se vio detenido por la voz de alguien que decía:

¡Alteza Serenísima!

Kutúzov levantó la cabeza y miró largamente a los ojos del conde Tolstói, que estaba ante él sosteniendo una bandeja de plata sobre la cual yacía un pequeño objeto. Kutúzov parecía no comprender qué se esperaba

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