conseguirle un destino en Petersburgo, pero ninguna de las dos cosas resultó posible. Pétya no podía regresar a menos que lo hiciera su regimiento o fuera trasladado a otro en activo. Nikoláy andaba por algún lugar con el ejército y no había enviado ni una sola palabra desde su última carta, en la que había dado un relato detallado de su encuentro con la princesa María. La condesa no dormía por las noches, o cuando se dormía soñaba que veía a sus hijos yacentes y muertos. Tras muchas deliberaciones y conversaciones, el conde ideó por fin un medio para tranquilizarla. Consiguió que trasladaran a Pétya del regimiento de Obolenski al de Bezújov, que se estaba entrenando cerca de Moscú. Aunque Pétya seguiría en el servicio, este traslado le daría a la condesa el consuelo de ver al menos a uno de sus hijos bajo su protección, y confiaba en arreglar las cosas para su Pétya de modo que no lo dejara marchar de nuevo, logrando siempre asignarle destinos donde le fuera imposible tomar parte en una batalla. Mientras solo Nicolás estuvo en peligro, la condesa se imaginó que quería a su primogénito más que a todos sus otros hijos y hasta se reprochaba por ello; pero cuando su benjamín: ese bribón al que se le daban mal los estudios, que siempre andaba rompiendo cosas en casa y molestando a todo el mundo, ese Pétya de nariz achataza, alegres ojos negros y frescas mejillas rosadas donde el vello suave apenas comenzaba a asomar; cuando él se vio arrojado en medio de aquellos hombres grandes, temibles y crueles que luchaban sabe Dios dónde por algo y al parecer hallaban placer en ello, entonces
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I. Continuidad absoluta del movimiento
1904