estaba volviendo insoportable. Los que estaban delante, que habían visto y oído lo que había ocurrido ante ellos, permanecían con los ojos y la boca abiertos de par en par, esforzándose con todas sus fuerzas, y contenían a la multitud que los empujaba por detrás.
“¡Pegadle!… ¡Que perezca el traidor y no deshonre el nombre ruso!”, gritaba Rostopchín. “Acabad con él. Lo ordeno”.
Al oír no tanto las palabras como el tono enfadado de la voz de Rostopchín, la multitud gimió y avanzó con ímpetu, pero volvió a detenerse.
“¡Conde!”, exclamó la voz tímida pero teatral de Vereshchaguin en medio del silencio momentáneo que se había producido, “¡Conde! Solo un Dios está por encima de ambos...”. Alzó la cabeza y de nuevo la gruesa vena de su delgado cuello se llenó de sangre y el color acudió y se fue rápidamente