de reírse, pero advirtió que todos se contenían de hacerlo. Apartó rápidamente la vista del rostro de Tíkhon para dirigirla al del esaul y al de Denísov, incapaz de comprender qué significaba todo aquello.
—¡No te hagas el tonto! —dijo Denísov, tosiendo con enojo—. ¿Por qué no trajiste al primero?
Tíkhon se rascó la espalda con una mano y la cabeza con la otra; luego, de repente, toda su cara se estiró en una sonrisa radiante y tonta, dejando ver el hueco de un diente que le faltaba (por eso lo llamaban Shcherbáty—el desdentado). Denísov sonrió y Pétya prorrumpió en una alegre carcajada a la que se unió el propio Tíkhon.
—¡Ay, pero si era un completo bueno para nada —dijo Tíkhon—. ¡La ropa que llevaba... una porquería! ¿Cómo iba a traerlo? ¡Y tan maleducado, excelencia! ¡Pues va y dice: