cayéndole en bucles hasta los hombros. Vestía un manto rojo y estiraba sus largas piernas hacia adelante a la francesa. Este hombre galopó hacia Balashëv, con las plumas ondeando y las piedras preciosas y los galones de oro brillando bajo la brillante luz del sol de junio.
Balashëv se encontraba a solo dos cuerpos de caballo del jinete de los brazaletes, penachos, collares y bordados de oro, que galopaba hacia él con un semblante teatralmente solemne, cuando Julner, el coronel francés, susurró respetuosamente: «¡El rey de Nápoles!».
Era, en efecto, Murat, a quien ahora llamaban «rey de Nápoles». Aunque era totalmente incomprensible por qué habría de ser rey de Nápoles, así le llamaban, y él mismo estaba convencido de serlo, por lo que adoptó un aire más solemne e importante que antes.
Estaba tan seguro de ser realmente el rey de Nápoles que cuando, en la víspera de su partida de dicha ciudad, mientras paseaba por las calles con su esposa, unos italianos le gritaron: «¡Viva il re!», se volvió hacia su esposa con una sonrisa pensativa y dijo: «¡Pobres muchachos, no saben que me voy mañana!».
Pero aunque creía firmemente que era rey de Nápoles y se compadecía del dolor que sentían los súbditos a los que abandonaba, últimamente —desde que se le había ordenado volver al servicio militar y, en especial, desde su última entrevista con Napoleón en Danzig, cuando su augusto cuñado le había dicho: «¡Te hice rey para que reinases a mi manera, pero no a la tuya!»—, había retomado alegremente su habitual ocupación y —como un caballo bien alimentado, pero no demasiado gordo, que se siente enjaezado y se alborota entre las tornas— se vistió con ropas tan variopintas y caras como fue posible, y galopaba alegre