Octava Compañía que en ninguna otra parte. Dos sargentos mayores estaban sentados con ellos y su hoguera ardía con más fuerza que las demás. A cambio del permiso para sentarse junto a su cerca, exigían contribuciones de leña.
—¡Eh, Makéev! ¿Qué ha sido de ti, hijo de puta? ¿Te has perdido o te han comido los lobos? ¡Trae más leña! —gritó un hombre pelirrojo y de cara roja, arrugando los ojos y parpadeando por el humo, pero sin apartarse del fuego.
—¡Y tú, Grajilla, ve a buscar leña! —le dijo a otro soldado.
Este pelirrojo no era ni sargento ni cabo, pero, como era robusto, mandaba a los más débiles que él. El soldado a quien llamaban «Grajilla», un hombrecito flaco y de nariz afilada, se levantó obediente y se disponía a marchar, pero en ese instante apareció en la luz de la