las cuerdas de los graves, entresacando un pasaje que recordaba de una ópera que había escuchado en Petersburgo con el príncipe Andréi. Lo que extrajo de la guitarra no habría tenido ningún significado para otros oyentes, pero en su imaginación toda una serie de reminiscencias brotó de aquellos sonidos. Sentada tras la librería, con los ojos fijos en un rayo de luz que se escapaba por la puerta de la despensa, se escuchaba a sí misma y meditaba. Estaba de humor para rumiar el pasado.
Sónya pasó a la despensa con un vaso en la mano. Natásha la miró y luego miró la rendija de la puerta de la despensa, y le pareció que recordaba la luz que sefiltraba por esa rendija alguna vez antes y a Sónya pasando con un vaso en la mano. «Sí, fue exactamente lo mismo», pensó Natásha.