alta y con entusiasmo a los generales de la comitiva que lo rodeaban.
—Es usted muy fogoso, Belliard —dijo Napoleón cuando volvió a acercarse al general—. En el calor de una batalla es fácil cometer un error. Vaya a echar otro vistazo y luego vuelva a verme.
Antes de que Belliard estuviera fuera de vista, un mensajero de otra parte del campo de batalla llegó al galope.
—Y bien, ¿qué quieres? —preguntó Napoleón con el tono de un hombre irritado por ser continuamente interrumpido.
—Señor, el príncipe… —comenzó el ayudante.
—¿Pide refuerzos? —dijo Napoleón con un gesto de enojo.
El ayudante inclinó afirmativamente la cabeza y comenzó a informar, pero el Emperador se apartó de él, dio un par de pasos, se detuvo, regresó y llamó a Berthier.
—Debemos enviar reservas —dijo, separando ligeramente los brazos—. ¿A quién cree que debería