Andréevich, aunque en el fondo no era un apasionado deportista, conocía bien las reglas de la caza y se encaminó hacia el borde arbolado del camino donde debía apostarse, arregló las riendas, se acomodó en la silla y, sintiendo que estaba listo, miró a su alrededor con una sonrisa.
A su lado iba Semën Chekmár, su ayuda de cámara personal, un viejo jinete ya algo agarrotado en la silla. Chekmár llevaba sujetos con traílla a tres formidables lebreles que, sin embargo, habían engordado al igual que su amo y su caballo. Dos viejos y sabios perros yacían tumbados sin atar.
A unas cien pasos más allá, bordeando el soto, se encontraba Mítka, el otro caballerizo del conde, un jinete audaz y apasionado de la caza con perros. Antes de la cacería, según la vieja costumbre, el conde se había tomado una copa de plata con aguardiente caliente especiado, había picado algo y lo había regado con media botella de su Burdeos favorito.
Llevaba las mejillas algo encendidas por el vino y el paseo. Tenía los ojos bastante húmedos y le brillaban más que de costumbre, y al sentarse en la silla de montar, envuelto en su abrigo de pieles, parecía un niño al que habían sacado de paseo.
El flaco y ojundio Chekmár, habiéndolo dejado todo listo, no dejaba de mirar a su amo, con quien había convivido en los mejores términos durante treinta años, y comprendiendo el estado de ánimo en que se hallaba, aguardaba una charla amena. Una tercera persona se acercó con cautela a través del bosque (era evidente que había recibido un escarmiento) y se detuvo a espaldas del conde. Esta persona era un anciano de barbas grises enfundado