—gritó el conde desde el otro extremo de la mesa—. ¿Sabe que mi hijo se va, Márya Dmítrievna? Mi hijo se va.
—Tengo cuatro hijos en el ejército, pero aun así no me preocupo. Todo está en las manos de Dios. Uno puede morir en su cama o Dios puede librarle en una batalla —respondió la profunda voz de Márya Dmítrievna, que se dejó oír sin esfuerzo a lo largo de toda la mesa.
“¡Eso es verdad!”
Una vez más las conversaciones se concentraron, la de las señoras en un extremo y la de los señores en el otro.
—No se lo pedirás —decía el hermanito de Natasha—; ¡sé que no se lo pedirás!
—Lo haré —respondió Natásha.
De pronto, su rostro se encendió con una resolución temeraria y alegre. Se medio incorporó, invitando con una mirada