el más simple y ordinario de los hombres y decía las cosas más simples y ordinarias. Escribía cartas a sus hijas y a Madame de Staël, leía novelas, le gustaba la compañía de mujeres bonitas, bromeaba con generales, oficiales y soldados, y nunca llevaba la contraria a quienes intentaban demostrarle algo. Cuando el conde Rostopchín, junto al puente del Yaúza, galopó hacia Kutúzov para reprocharle en persona haber causado la destrucción de Moscú, y le dijo: «¿Cómo es que prometiste no abandonar Moscú sin dar batalla?», Kutúzov respondió: «Y no abandonaré Moscú sin dar batalla», a pesar de que Moscú ya había sido abandonada. Cuando Arakchéev, enviado por el emperador, le dijo que debían nombrar a Ermólov jefe de la artillería, Kutúzov respondió: «Sí, yo mismo acababa de decir lo mismo», aunque un momento antes había dicho exactamente lo contrario. ¿Qué le importaba a él —que entonces, solo entre una multitud insensata, comprendía toda la tremenda importancia de lo que estaba sucediendo—, qué le importaba a él que Rostopchín le atribuyera las calamidades de Moscú a él o a sí mismo? Menos aún podía importarle quién fuera nombrado jefe de la artillería.
No solo en estos casos, sino constantemente, aquel viejo—que por su experiencia de la vida había llegado al convencimiento de que los pensamientos y las palabras que sirven para expresarlos no son lo que mueve a la gente—utilizaba palabras totalmente carentes de sentido que se le pasaban por la cabeza.
Pero aquel hombre, tan poco cuidadoso de sus palabras, no pronunció ni una sola vez durante todo el tiempo de su actividad ni una sola palabra incompatible con el único fin hacia el cual avanzó a lo largo de toda la guerra. Evidentemente a pesar