grave que daba un carácter peculiarmente amenazador a todo, en medio de este vórtice de intriga, egoísmo, conflicto de opiniones y sentimientos, y la diversidad de razas entre esta gente, este octavo y más numeroso partido de los preocupados por intereses personales imprimió una gran confusión y oscuridad a la tarea común. Surgiera la cuestión que surgiese, un enjambre de estos zánganos, sin haber terminado de zumbar sobre el tema anterior, volaba hacia el nuevo y con su zumbido ahogaba y oscurecía las voces de quienes disputaban honestamente.
De entre todos estos partidos, justo en el momento en que el príncipe Andréi llegó al ejército, se estaba formando otro, un noveno partido, que empezaba a alzar la voz.
Este era el partido de los ancianos, hombres sensatos, experimentados y capaces en los asuntos de Estado que, sin compartir ninguna de esas opiniones contradictorias, eran capaces de adoptar una postura distanciada ante lo que ocurría en el estado mayor de los cuarteles generales y de considerar los medios para salir de aquel embrollo, indecisión, complejidad y debilidad.
Los hombres de este partido decían y pensaban que lo que iba mal provenía principalmente de la presencia del Emperador en el ejército con su corte militar y de la consiguiente presencia allí de una fluctuación de relaciones indefinida, condicional e inestable, la cual resulta adecuada en la corte pero dañina en un ejército; que un soberano debe reinar pero no mandar el ejército, y que la única salida a esa situación sería que el Emperador y su corte abandonaran el ejército; que la mera presencia del Emperador paralizaba la acción de cincuenta mil hombres necesarios para garantizar su seguridad personal, y que el peor de los comandantes en jefe, de ser independiente, sería mejor que