atraída por un perrito marrón, que venía sabe Dios de dónde y trotaba de manera atareada frente a las filas con el rabo tieso y erguido, hasta que de repente cayó una bala cerca; entonces dio un chillido, metió el rabo entre las piernas y salió disparado a un lado. Gritos y estallidos de risa surgieron de todo el regimiento. Pero tales distracciones duraban solo un instante; durante ocho horas los hombres habían permanecido inactivos, sin comida, en el temor constante a la muerte, y sus rostros pálidos y sombríos se volvían cada vez más pálidos y sombríos.
El príncipe Andréy, pálido y sombrío como todos los integrantes del regimiento, iba y venía de los linderos de una parcela a otra, al borde del prado junto a un campo de avena, con la cabeza gacha y las manos a la espalda. No tenía nada que hacer ni órdenes que dar. Todo marchaba por sí solo. Los muertos eran arrastrados desde la primera línea, los heridos retirados y las filas se cerraban de nuevo. Si algún soldado huía a la retaguardia, regresaba inmediata y apresuradamente. Al principio, el príncipe Andréy, considerando que era su deber reanimar el valor de los hombres y darles ejemplo, caminó entre las filas, pero pronto se convenció de que esto era innecesario y de que no había nada que pudiera enseñarles. Todas las facultades de su alma, al igual que las de cada soldado allí presente, estaban inconscientemente volcadas en evitar la contemplación de los horrores de su situación. Caminaba por el prado arrastrando los pies, haciendo crujir la hierba y contemplando el polvo que cubría sus botas; ahora daba grandes zancadas intentando seguir las huellas dejadas en