posible para esta chica tan poética y encantadora, rebosante de
En Natasha, el príncipe Andréi era consciente de un mundo extraño, completamente ajeno a él y rebosante de alegrías que le eran desconocidas; un mundo diferente que en la avenida de Otrádnoe y en la ventana aquella noche de luna ya había empezado a desconcertarlo. Ahora este mundo ya no lo desconcertaba ni le era ajeno, sino que él mismo, al haber entrado en él, halló en él un nuevo goce.
Después de cenar, Natásha, a petición del príncipe Andréy, se acercó al clavicordio y se puso a cantar. El príncipe Andréy estaba de pie junto a una ventana, hablando con las damas, y la escuchaba. A mitad de una frase dejó de hablar y de pronto sintió que las lágrimas lo ahogaban, algo que él creía imposible para él. Miró a Natásha mientras cantaba, y algo nuevo y alegre se agitó en su alma. Se sentía feliz y al mismo tiempo triste. No tenía absolutamente ningún motivo para llorar y, sin embargo, estaba listo para llorar. ¿Por qué? ¿Su amor anterior? ¿La princesecita? ¿Sus desengaños? … ¿Sus esperanzas en el futuro? … Sí y no. La causa principal era la viva y repentina sensación del terrible contraste entre algo infinitamente grande e ilimitado dentro de él y ese algo limitado y material que él, y aun ella, eran. Este contraste lo agobiaba y, a la vez, lo reconfortaba mientras ella cantaba.
En cuanto Natásha terminó, se acercó a él y le preguntó qué le había parecido su voz. Preguntó esto y luego se turbó, sintiendo que no debió haberlo preguntado. Él sonrió, mirándola, y dijo que le gustaba su canto como le