encima del muro de la trinchera.
De pronto sucedió algo: el joven oficial dio una bocanada de aire y, doblándose por la cintura, se sentó en el suelo como un pájaro al que abaten al vuelo. Todo se volvió extraño, confuso y borroso ante los ojos de Pierre.
Una bala de cañón tras otra silbaban al pasar y se estrellaban contra el terraplén, un soldado o un cañón.
Pierre, que no había reparado en estos sonidos antes, ahora no oía ninguna otra cosa.
A la derecha de la batería, unos soldados que gritaban «¡Hurra!» corrían no hacia adelante, sino hacia atrás, le pareció a Pierre.
Una bala de cañón golpeó el extremo mismo del terraplén junto al cual él estaba de pie, desmoronando la tierra; una bola negra centelleó ante sus ojos y en el mismo instante se hundió con un