El príncipe Andréi abrió los ojos y miró al que hablaba desde la camilla en la que su cabeza se había hundido profundamente y de nuevo dejó caer los párpados.
Los milicianos llevaron al príncipe Andréi al puesto de cura situado junto al bosque, donde había carruajes estacionados. El puesto de cura constaba de tres tiendas con las lonas enrolladas, levantadas al borde de un abedular. En el bosque había carros y caballos detenidos. Los caballos comían avena de sus comederos portátiles y los gorriones bajaban revoloteando a picotear los granos que se caían. Algunos cuervos, que olfateaban la sangre, volaban entre los abedules graznando con impaciencia. Alrededor de las tiendas, en una extensión de más de cinco hectáreas, hombres ensangrentados y con diversos atuendos estaban de pie, sentados o tendidos. Alrededor de los heridos se agolpaban grupos de soldados camilleros