asunto se olvidara, era la cuestión que lo atormentaba durante todo el camino. Pensaba con rabia en el gusto que le daría ver el espanto de aquel hombre pequeño y frágil, pero orgulloso, al verse enfrente de su pistola, y luego sentía con sorpresa que, de todos los hombres que conocía, no había ninguno a quien le gustaría tanto tener por amigo como a ese mismo ayudante a quien tanto odiaba.
VIII
El día después de que Rostóv fuera a ver a Borís, se celebró una revista de las tropas austriacas y rusas, tanto las recién llegadas de Rusia como las que habían estado haciendo campaña a las órdenes de Kutúzov. Los dos Emperadores, el ruso con su heredero el tsarévich, y el austriaco con el archiduque, inspeccionaron al ejército aliado de ochenta mil hombres.
Desde primera hora de la mañana las tropas, pulcras y aseadas, se pusieron en movimiento, formándose en el campo frente a la fortaleza. Ahora miles de pies y bayonetas se movían y se detenían a la voz de mando de los oficiales, giraban con los estandartes al viento, formaban a intervalos y desfilaban en círculo alrededor de otras masas similares de infantería con uniformes distintos; ahora se oía el rítmico repique de los casco y el tintineo de la vistosa caballería con uniformes galoneados de azul, rojo y verde, con músicos elegantemente vestidos al frente montados en caballos negros, tordos o ruanos; luego de nuevo, avanzando con el estrépito metálico de los cañones pulidos y brillantes que temblaban sobre sus cureñas y con el olor de las mechas, aparecía la artillería, que serpenteaba entre la infantería y la caballería y ocupaba la posición asignada. No solo los