sus camaradas, que veían mejor que él, descubrió que se trataba del cadáver de un hombre, colocado en pie contra la empalizada con el rostro untado de hollín.
“¡Andad! ¡Qué demonios…! ¡Andad! ¡Treinta mil demonios…!”, empezaron a maldecir los guardias del convoy, y los soldados franceses, con renovada virulencia, apartaron a bayonetazos a la multitud de prisioneros que contemplaban al muerto.
XIV
A través de las calles transversales del barrio de Jamóvniki marchaban los prisioneros, seguidos únicamente por su escolta y los vehículos y carruajes pertenecientes a dicha escolta, pero al llegar a los almacenes de abastecimiento se metieron entre un tren de artillería enorme y muy apretado, mezclado con carruajes particulares.
En el puente se detuvieron todos, esperando a que los de adelante cruzaran. Desde el puente tenían una vista de interminables hileras de trenes de bagaje en movimiento por delante y por detrás de ellos.