¡Si tan solo supieras lo que son esas mujeres de la alta sociedad, y las mujeres en general! Mi padre tiene razón. Egoístas, vanidosas, estúpidas, triviales en todo: ¡eso son las mujeres cuando las ves tal como son! Cuando te las encuentras en sociedad parece que hubiera algo en ellas, ¡pero no hay nada, nada, nada! No, no te cases, querido amigo; ¡no te cases! —concluyó el príncipe Andréi.
—Me parece gracioso —dijo Pierre—, que tú, tú te consideres incapaz y tu vida una vida arruinada. Lo tienes todo por delante, todo. Y tú...
No terminó la frase, pero su tono demostró el gran concepto que tenía de su amigo y cuánto esperaba de él en el futuro.
“¿Cómo puede hablar así?”, pensó Pierre.
Consideraba a su amigo un modelo de perfección porque el príncipe Andréy poseía en el grado supremo justamente aquellas cualidades de las que Pierre carecía, y que mejor podían describirse como fuerza de voluntad.
A Pierre siempre le sorprendían la manera tan tranquila que tenía el príncipe Andréy de tratar a todo el mundo, su extraordinaria memoria, sus amplias lecturas (lo había leído todo, lo sabía todo y tenía una opinión sobre todo), pero sobre todo su capacidad para el trabajo y el estudio.
Y si a Pierre le llamaba a menudo la atención la falta de capacidad de Andréy para la meditación filosófica (a la que él mismo era particularmente adicto), no consideraba esto un defecto, sino un signo de fortaleza.
Aun en las mejores, más amistosas y sencillas relaciones de la vida, la alabanza y el elogio son esenciales, así como la grasa es necesaria para que