—Sí, ¡para ellos debe de ser triste! —pensó—. Pero qué simple es.
«Las aves del cielo no siembran ni siegan, pero vuestro Padre las alimenta», se dijo a sí mismo y quiso decírselo a la princesa María; «pero no, lo tomarán a su manera, ¡no lo entenderán! No pueden entender que todos esos sentimientos que tanto valoran —todos nuestros sentimientos, todas esas ideas que nos parecen tan importantes— son innecesarios. No podemos comprendernos los unos a los otros», y guardó silencio.
El hijito del príncipe Andréi tenía siete años. Apenas sabía leer y no sabía nada. Después de aquel día vivió muchas cosas, adquiriendo conocimientos, capacidad de observación y experiencia, pero de haber poseído todas las facultades que adquirió más tarde, no habría podido tener una comprensión mejor o más profunda del significado de la escena que había presenciado entre