que le habían dado comida y los que habían rezado ante el icono. Ellos, aquellos hombres extraños a los que no había conocido antes, destacaban clara y nítidamente por encima de todos los demás.
“¡Ser soldado, simplemente un soldado!”, pensó Pierre al quedarse dormido, “entrar por completo en la vida comunitaria, impregnarse de aquello que los hace ser lo que son. ¿Pero cómo desprenderse de toda la carga superflua y diabólica de mi hombre exterior? Hubo un tiempo en que habría podido hacerlo. Podría haberme escapado de mi padre, como deseaba. O me habrían podido enviar a servir como soldado tras el duelo con Dólokhov”. Y la memoria de la comida en el Club Inglés, cuando había desafiado a Dólokhov, cruzó por la mente de Pierre, y luego recordó a su bienhechor en Torzhók. Y ahora la imagen de una solemne reunión de la logia se le presentó en la mente. Tenía lugar en el Club Inglés y alguien cercano y querido por él estaba sentado en la cabecera de la mesa. “¡Sí, es él! Es mi bienhechor. ¡Pero si murió!”, pensó Pierre. “¡Sí, murió, y yo no sabía que estaba vivo. ¡Cuánto siento que haya muerto, y qué alegría tan grande que vuelva a estar vivo!”. A un lado de la mesa se sentaban Anatol, Dólokhov, Nesvitski, Denísov y otros como ellos (en su sueño, la categoría a la que pertenecían estos hombres estaba tan claramente definida en su mente como la categoría de aquellos a quienes llamaba ellos), y oía a esa gente, a Anatol y a Dólokhov, gritar y cantar a voz en grito; sin embargo, por encima de sus gritos se oía todo el tiempo la voz