…” Aquí no pudo contenerse más y continuó, entre jadeos de risa: “¡Y todo el mundo se enteró. …”
Y así terminó la anécdota. Aunque era incomprensible por qué la había contado, o por qué tenía que ser contada en ruso, Anna Pávlovna y los demás supieron apreciar el tacto social del príncipe Ippolit al poner fin de manera tan grata al desagradable y poco amable desahogo de Pierre.
Tras la anécdota, la conversación se fragmentó en charlas insignificantes sobre el último y el próximo baile, sobre obras de teatro, y sobre quién se vería con quién, cuándo y dónde.
VI
Habiendo agradecido a Anna Pávlovna su velada encantadora, los invitados comenzaron a despedirse.
Pierre era desgarbado. Fornido, de estatura mediana, ancho, con enormes manos rojas; no sabía, como suele decirse, cómo entrar en un salón