se quedaban atrás, y el monótono talle de miles de pasos resonó. La columna se puso en marcha sin saber a dónde y sin poder, debido a las masas que los rodeaban, el humo y la niebla cada vez más espesa, ver ni el lugar que dejaban atrás ni aquel al que se dirigían.
Un soldado en marcha se encuentra cercado y arrastrado por su regimiento tanto como un marinero por su barco. Por mucho que haya andado, a lugares por más extraños, desconocidos y peligrosos que llegue, así como el marinero está siempre rodeado por las mismas cubiertas, mástiles y aparejos de su barco, el soldado tiene siempre a su alrededor a los mismos camaradas, las mismas filas, al mismo sargento mayor Iván Mítrich, al mismo perro de la compañía, Jack, y a los mismos comandantes. Al marinero pocas veces le importa saber la latitud en la que navega su barco, pero el día de la batalla —Dios sabe cómo y de dónde— resuena en la atmósfera moral de un ejército una nota severa de la que todos son conscientes, que anuncia la llegada de algo decisivo y solemne, y que despierta en los hombres una curiosidad inusual. El día de la batalla, los soldados intentan con entusiasmo ir más allá de los intereses de su regimiento, escuchan con atención, miran a su alrededor y preguntan con avidez acerca de lo que está ocurriendo a su alrededor.
La niebla se había vuelto tan espesa que, a pesar de que estaba aclarando, no se podía ver a diez pasos de distancia. Los arbustos parecían árboles gigantescos y el terreno llano, acantilados y cuestas. En cualquier parte, por cualquier lado, uno podía