con gran inquietud. Sabía por experiencia la atormentadora expectativa de terror y muerte que el corneta estaba sufriendo y sabía que solo el tiempo podía ayudarle.
Tan pronto como el sol apareció en una franja despejada de cielo bajo las nubes, el viento amainó, como si no se atreviera a estropear la belleza de la mañana de verano después de la tormenta; las gotas seguían cayendo, pero verticalmente ahora, y todo quedó en silencio.
El sol entero apareció en el horizonte y desapareció tras una nube larga y estrecha que pendía sobre él.
Unos minutos más tarde reapareció, aún más brillante, por detrás de la parte superior de la nube, desgarrando su borde.
Todo se iluminó y resplandeció. Y con aquella luz, y como en respuesta a ella, llegó el sonido de los cañones más adelante.
Antes de que Rostóv tuviera tiempo de reflexionar y determinar