rostro con el pañuelo, y todo su robusto cuerpo se estremecía con una risa irreprimible, bondadosa y madura.
—¡Mi pequeña Sásha! ¡Mira a Sásha! —dijo ella.
Después de las danzas campestres y corales rusas, Pelagia Danílovna hizo que los siervos y los señores formaran un gran círculo: trajeron un anillo, un cordel y un rublo de plata, y todos jugaron juntos.
En una hora, todos los disfraces estaban arrugados y desordenados. Las cejas y los bigotes pintados con corcha quemada aparecían borrosos sobre los rostros sudorosos, encendidos y alegres. Pelaguiea Danílovna comenzó a reconocer a los enmascarados, admiró sus ingeniosos disfraces y, sobre todo, lo bien que les sentaban a las señoritas, y les agradeció a todos el haberla entretenido tan bien. Invitaron a los visitantes a cenar en la sala de recibo, y a los siervos les sirvieron algo de comer