al no perdonar a la penitente.
Al mismo tiempo, su suegra, la esposa del príncipe Vasíli, le mandó a suplicar que fuera, aunque solo fuera por unos minutos, para hablar de un asunto importantísimo.
Pedro vio que había una conspiración en su contra y que querían volver a unirlo con su esposa, y en el estado de ánimo en que se encontraba entonces, esto ni siquiera le resultó desagradable.
Nada le importaba. Nada en la vida le parecía de gran importancia y, bajo la influencia de la depresión que lo dominaba, no valoraba ni su libertad ni su resolución de castigar a su esposa.
“Nadie tiene razón y nadie tiene la culpa; por lo tanto, ella tampoco tiene la culpa”, pensó.
Si no dio en el acto su consentimiento para una reconciliación con su esposa, fue solo porque en su estado de