—preguntó Ferapóntov—. ¿Qué se ha decidido?
Alpátych respondió que el gobernador no le había dicho nada en concreto.
—Con nuestro negocio, ¿cómo vamos a largarnos? —dijo Ferapóntov.
—¡Habría que pagar siete rubles por carro hasta Dorogobúzh, y les digo que no son cristianos por pedir eso! Selivánov, en cambio, hizo un buen negocio el jueves pasado: le vendió harina al ejército a nueve rubles el saco. ¿Quieres un poco de té? —añadió.
Mientras uncían los caballos, Alpátych y Ferapóntov, tomando té, hablaron sobre el precio del grano, las cosechas y el buen tiempo para la siega.
—Bueno, parece que va calmándose la cosa —observó Ferapóntov, terminando su tercera taza de vaso de té y levantándose—. Los nuestros deben haberles ganado. Las órdenes eran no dejarlos pasar. Así que somos superiores, por lo que parece... Dicen que el otro día Matvéy