no pudo sacarse nada en claro de sus respuestas. El viejo ayuda de cámara Tíkhon, con el rostro hundido y demacrado que llevaba el sello de un dolor inconsolable, respondió: «Sí, princesa» a todas las preguntas de la princesa Márya y apenas pudo contener los sollozos al mirarla.
Por fin entró en la habitación Dron, el starosta de la aldea, y haciendo una profunda reverencia a la princesa Márya, se detuvo junto al quicio de la puerta.
La princesa Márya se paseó por la habitación y se detuvo delante de él.
—Dronushka —dijo, considerando un amigo fiel a aquel Dronushka que todos los años solía traerle una clase especial de pan de jengibre de su visita a la feria de Vyázma y se lo ofrecía sonriente—, Dronushka, ahora que nos ha sobrevenido esta desgracia... —empezó, pero no pudo continuar.
—Todos