Alpátych y el cochero arreglaron con manos temblorosas las riendas y los tirantes enredados de sus caballos.
Alpátych, al salir por la puerta cochera, vio a unos diez soldados en la tienda abierta de Ferapóntov, que hablaban en voz alta y llenaban sus sacos y mochilas de harina y semillas de girasol. Justo en ese momento Ferapóntov regresó y entró en su tienda. Al ver a los soldados estuvo a punto de gritarles, pero de repente se detuvo y, agarrándose de los pelos, prorrumpió en sollozos y risas:
—¡Saqueen todo, muchachos! ¡No dejen que esos demonios se queden con nada!, gritó, tomando él mismo unos sacos de harina y arrojándolos a la calle.
Algunos de los soldados estaban asustados y huyeron, otros continuaron llenando sus costales. Al ver a Alpátych, Ferapóntov se volvió hacia él:
—¡Rusia está acabada! —gritó—. ¡Alpátych, yo