y sus deberes oficiales. Consideraba todas estas ocupaciones como estorbos para la vida, y juzgaba que eran todas despreciables porque su fin era el bienestar propio y el de su familia. Los intereses militares, administrativos, políticos y masónicos absorbían continuamente su atención. Y Pierre, sin intentar cambiar las opiniones del otro y sin condenarlo, pero con la sonrisa tranquila, alegre y divertida que ahora le era habitual, se interesaba por este extraño aunque muy familiar fenómeno.
Había una nueva característica en las relaciones de Pierre con Willarski, con la princesa, con el doctor y con todas las personas con las que ahora se encontraba, la cual le valió la general simpatía.
Esta era el reconocimiento por su parte de la imposibilidad de cambiar las convicciones de un hombre mediante palabras, y su aceptación de la posibilidad de que cada uno piense, sienta y vea las cosas desde su propio punto de vista.
Esa legítima singularidad de cada individuo que antes solía excitar e irritar a Pierre, se convirtió ahora en la base de la simpatía que sentía por los demás y del interés que tomaba en ellos. La diferencia, y a veces la completa contradicción, entre las opiniones de los hombres y sus vidas, y entre un hombre y otro, le complacían y arrancaban de él una sonrisa divertida y amable.
En los asuntos prácticos, Pierre sintió inesperadamente en su interior un centro de gravedad del que antes carecía. Antiguamente, todas las cuestiones pecuniarias, especialmente las solicitudes de dinero a las que, como hombre inmensamente rico, estaba muy expuesto, le producían un estado de desesperada agitación y perplejidad. > «¿Dar o no dar?», se había preguntado. «Yo lo tengo y él lo necesita. Pero otro lo necesita