a una muchacha bonita y fresca, con quien no se dignó unir su destino. ¿Y yo?… ¡Y él sigue vivo y alegre!».
El príncipe Andréy dio un brinco como si alguien lo hubiera quemado, y de nuevo comenzó a pasearse de un lado a otro frente al cobertizo.
XXVI
El 25 de agosto, víspera de la batalla de Borodinó, M. de Beausset, prefecto del palacio del emperador francés, llegó al cuartel general de Napoleón en Valúevo con el coronel Fabvier, el primero procedente de París y el segundo de Madrid.
Vistiendo su uniforme de corte, M. de Beausset ordenó que llevaran ante él un estuche que había traído para el Emperador y entró en el primer compartimento de la tienda de Napoleón, donde comenzó a abrir el estuche mientras conversaba con los ayudantes de campo de Napoleón que lo rodeaban.
Fabvier, sin entrar en la tienda, permaneció en la entrada hablando con algunos generales de su conocimiento.
El emperador Napoleón aún no había salido de su dormitorio y estaba terminando de arreglarse. Siseando y gruñendo ligeramente, presentaba ora la espalda, ora su abultado y velludo pecho al cepillo con el que su ayuda de cámara lo estaba frotando. Otro ayuda de cámara, con el dedo sobre la boca de un frasco, salpicaba agua de colonia sobre el mimado cuerpo del emperador con una expresión que parecía decir que él solo sabía dónde y cuánta agua de colonia debía rociarse. El cabello corto de Napoleón estaba mojado y apelmazado en la frente, pero su rostro, aunque abotargado y amarillento, expresaba satisfacción física. «¡Sigue, más duro, sigue!», murmuró al ayuda de cámara que lo estaba frotando, con ligeros espasmos y gruñidos. Un edecán,