un actor que repite un papel ajado. Ana Pávlovna Schérer, por el contrario, a pesar de sus cuarenta años, desbordaba animación e impulsividad. Ser una entusiasta se había convertido en su vocación social y, a veces, incluso cuando no le apetecía, se entusiasmaba para no defraudar las expectativas de quienes la conocían. La sonrisa contenida que, aunque no pegaba con sus facciones marchitas, jugueteaba siempre alrededor de sus labios expresaba, como en una niña malcriada, la conciencia permanente de su defecto encantador, que ella ni quería, ni podía, ni consideraba necesario corregir.
En medio de una conversación sobre asuntos políticos, Anna Pávlovna exclamó:
“Oh, no me hable de Austria. Quizá yo no entienda las cosas, pero Austria nunca ha querido, ni quiere, la guerra. ¡Nos está traicionando! Solo Rusia puede salvar a Europa. Nuestro clemente soberano reconoce su elevada vocación y le será fiel. ¡En eso es en lo único que tengo fe! Nuestro bueno y maravilloso soberano ha de desempeñar el papel más noble sobre la tierra, y es tan virtuoso y noble que Dios no lo abandonará. ¡Cumplirá su vocación y aplastará la hidra de la revolución, que se ha vuelto más terrible que nunca en la persona de este asesino y villano! Solo nosotros debemos vengar la sangre del justo. … ¿En quién, le pregunto, podemos confiar? … Inglaterra, con su espíritu comercial, no quiere ni puede comprender la grandeza de alma del emperador Alejandro. Se ha negado a evacuar Malta. Quería encontrar, y todavía busca, algún motivo secreto en nuestras acciones. ¿Qué respuesta obtuvo Novosíltsev? Ninguna. Los ingleses no han comprendido ni pueden comprender la abnegación de nuestro