ejércitos, es evidente que Dios quiere que estos otros locos estén libres”.
En respuesta a una pregunta sobre los convictos de la prisión, el conde Rostopchín le gritó enojado al gobernador:
—¿Esperas que te dé dos batallones —con los que no contamos— para escoltar un convoy? ¡Suéltalos y se acabó!
—Excelencia, hay algunos presos políticos, Meshkóv, Vereshchágin…
—¡Vereshchágin! ¿Aún no lo han colgado? —gritó Rostopchín—. ¡Traédmelo!
XXV
Hacia las nueve de la mañana, cuando las tropas ya se desplazaban por Moscú, nadie fue ya a ver al conde en busca de instrucciones.
Los que pudieron escapar se marchaban por su propia voluntad, los que se quedaron atrás decidieron por sí mismos qué debían hacer.
El conde mandó preparar su carruaje para ir a Sokólniki, y se quedó sentado en su estudio con las manos cruzadas, hosco, cetrino y taciturno.
En los