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nydus/War and PeacePublic
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Parte I

le había acabado de decir, se acercó al espejo y se arregló el pelo y la bufanda. Al mirarse el hermoso rostro pareció volverse aún más fría y tranquila.

En el salón la conversación seguía.

—Ah, querida mía —dijo la condesa—, mi vida tampoco es un lecho de rosas. ¿Acaso no sé que, al ritmo que llevamos, nuestra fortuna no durará mucho? Todo es el Club y su carácter despreocupado. Incluso en el campo, ¿acaso descansamos? ¡Funciones teatrales, caza y vete a saber qué más!

Pero no hablemos de mí; dime cómo te apañaste para arreglarlo todo. A menudo me asombro de ti, Annette: ¡cómo a tu edad puedes lanzarte sola en carruaje a Moscú, a Petersburgo, ante esos ministros y grandes personajes, y saber cómo tratar con todos ellos! Es de lo más asombroso. ¿Cómo lograste solucionar las cosas? Yo sería totalmente incapaz de hacerlo.

—¡Ay, amor mío —respondió Anna Mijáilovna—, Dios te libre de saber lo que es quedarse viuda y sin recursos, ¡y con un hijo al que amas con locura! Entonces se aprende a la fuerza —añadió con cierto orgullo—. Aquel pleito me enseñó mucho. Cuando quiero ver a uno de esos peces gordos, le escribo una esquela: «La princesa fulana de tal desea entrevistarse con fulano de tal», y luego tomo un coche de punto y voy yo misma dos, tres o cuatro veces, hasta que consigo lo que quiero. No me importa lo que piensen de mí.

“Well, and to whom did you apply about Borénka?” asked the countess. “You see yours is already an officer in the Guards, while my Nikolúshka is going as a cadet.

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