con rapidez—, los santos de los caballos. A los animales también hay que compadecerlos. ¡Ea, bribona! ¡Ahora sí te has hecho unovillo y has entrado en calor, hija de perra! —dijo Karatáev, tocando al perro que yacía a sus pies, y volviéndose a girar, se durmió de inmediato.
Desde algún lugar lejano en el exterior llegaban sonidos de llanto y gritos, y a través de las rendijas del cobertizo se veían llamas, pero dentro reinaban la quietud y la oscuridad.
Durante mucho tiempo Pierre no pudo dormir, sino que permaneció con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando los ronquidos ruidosos y regulares de Platón, que yacía a su lado, y sintió que el mundo que se había hecho añicos volvía a agitarse en su alma con una nueva belleza y sobre cimientos nuevos e inquebrantables.
XIII
Veintitrés soldados, tres